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El gran capacitor

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DAVID MATEO CANO.

Puedes estar toda una vida con una persona y no llegar a conocerla nunca, y yo puedo dar fe de tal cosa. Una de mis mayores aficiones es el toreo, desde hace ya muchos años poseo un asiento en un palco de la plaza de Las Ventas, he de decir que es uno de los mejores y su ubicación es perfecta para seguir las corridas de toros; si alguna vez desde que tengo este abono me he perdido alguna, ha sido por causa de fuerza mayor. Con el paso del tiempo, al coincidir con las mismas personas, aunque sean tan solo unos días al año, se entabla un fuerte vínculo con ellas, pero si además de una pasión en común tienes dos, pues entonces se puede decir que se convierten en amigos íntimos, como es el caso de Miguel, mi compañero de butaca, con quien aparte del toreo comparto un especial deleite por los puros.

Durante la Feria de San Isidro siempre tenemos la sana costumbre de, a cada corrida que vamos, llevar cada uno dos puros: uno para disfrute puro y otro para nuestro compañero. De tal modo que el rato que pasamos en la plaza se convierte en algo absolutamente delicioso, celestial me atrevería decir, y para completar el ritual y rematar la faena, una vez terminada la corrida nos vamos a cenar a un restaurante cercano especializado en rabo de toro. Dicha reserva la hacemos con mucha antelación para evitar que alguien se nos adelante y nos sustraiga ese momento de felicidad. Pues bien, en la última Feria de San Isidro, una vez que estuvimos sentados a la mesa de este prestigioso restaurante, después de comentar la jugada de la corrida del día en cuestión, le pregunté a Miguel a qué se dedicaba, ya que a pesar de más de 15 años conociéndole lo desconocía por completo.

Él, por el contrario, sí sabía mi profesión, porque en una ocasión lo mencioné en una de nuestras conversaciones, aunque sin profundizar en el tema. Realmente la forma en la que nos ganábamos la vida cada uno, así como si estábamos casados o teníamos hijos, eran banalidades que carecían de interés en nuestras reuniones. Sin embargo aquella noche, después de deleitarnos con el rabo de toro que habíamos ingerido y a mitad de nuestra primera copa de Macallan, quise saber cuál era su profesión. Miguel, con una gran espontaneidad, me lo explicó con gran lujo de detalles. Era ingeniero electrónico, y trabajaba de freelance para diferentes empresas realizando proyectos por encargo. Me dijo también que llevaba más de un año sin atender ningún proyecto, puesto que se había centrado en realizar un reto personal, que no era otra cosa que la construcción de un condensador.

Dentro de mi ignorancia, le pregunté qué podía tener de especial un condensador para que le dedicase tanto tiempo. Entonces me confesó que la dedicación era absolutamente obsesiva, ya que le dedicaba al tema de diez a doce horas diarias y en ocasiones hasta más. Se hacía evidente que la pausa en su actividad laboral no se debía a un tema lúdico, sino más bien a un reto personal. Entonces me relató el proceso al completo: había sido capaz de crear un condensador con una capacidad de carga cercana al terafaradio, o lo que es lo mismo, de 10¹² faradios, es decir: 1.000.000.000.000 de faradios.

Al principio no le di la importancia que se merecía a esta cifra, pero investigando a posteriori descubrí que el faradio es una unidad tan grande que para los capacitores de uso cotidiano se utilizan sus submúltiplos, principalmente el milifaradio y el microfaradio, que tienen una equivalencia de 0,001 y 0,000001 faradios respectivamente. Esgrimiendo una gran flema, mi amigo me explicó que con esta capacidad de carga tenía para suministrar energía prácticamente a todo el planeta, y esta ingente carga se hallaba contenida y comprimida en tan solo un depósito de mil litros que tiene instalado en su finca de Pastrana. Para lograr esta energía utilizó como dieléctrico el vacío absoluto, cosa que hasta la fecha nadie excepto él ha conseguido.

Como los detalles técnicos me resultaba imposible comprenderlos, quise saber cuándo haría público su descubrimiento, entonces me quedé atónito al contestarme que semejante obra no la daría a conocer y que quedaría únicamente para su provecho y regocijo: si hacía público su invento los depredadores se le echarían encima haciendo mal uso de su portentoso invento. Al día siguiente de nuestra reunión me invitó a su casa para saborear un Cohíba Siglo VI, y de paso me enseñó su proyecto. Como recuerdo me regaló un pequeño condensador del tamaño de una uña, con el cual desde entonces recargo día tras día mi vehículo eléctrico sin necesidad de más suministradores. Me hizo saber Miguel que ese pequeño condensador tenía capacidad para cubrir la necesidad energética de todas las viviendas de un edificio de diez plantas durante 150 años.

Historias increíbles es una sección literaria: los textos publicados en ella son pura ficción, y por lo tanto cualquier posible parecido con la realidad es mera coincidencia.

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AMo Ruiz Administrador fincaas

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