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Woody Allen en Green Village (Villaverde)

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La cruzada que inició el hijo de Sinatra con Mia Farrow, que, en un principio, era biológico de Woody Allen, ha sido de una insensatez aplastante. Mi padre siempre vaticinó que eso de que fuese hijo biológico de Woody era imposible, porque al chico solo le faltaba el micrófono y cantar My Way para ser el tío Frank. Ese afán acusatorio sin pruebas es lo que ha privado al respetable de ver lo menos tres títulos más de Allen. Quizá también haya que agradecerle que, gracias a esa persecución, pudiese centrarse en sus deliciosas memorias.

El 29 de septiembre estrenará Woody Allen la que probablemente será su última película, Golpe de suerte, la número 50. Imagino que aún falta tiempo para que la historia del cine reconozca que el neoyorquino ha creado un género cinematográfico. Siendo la “supuesta” última película, por momentos pudimos pensar que se rodearía de aquellos de los “antes”, los que quedan, claro; pero no, se ha ido a un equipo artístico distinto y en francés. Es posible que no tenga sentido alguno la evocación, y más si no tiene razón alguna, pero me he visto trasladado a ciertos momentos de un frío Madrid de 1996.

Recuerdo aquella visita a Madrid del director con su amante en aquel momento, en la actualidad mujer, Soon-Yi, con motivo de la actuación de Woody con la New Orleans Band en el Teatro Monumental. Eso sucedió un 25 de febrero de 1996. Por insistencia a una amiga de mi tío, encargada del protocolo en el hotel en el que se alojaban, estaba informado de cada paso que daba la pareja, porque por diversas circunstancias protocolares el hotel tenía conocimiento de los movimientos de la misma. Imaginaba que tendría una prueba de sonido, y yo quería ir a su encuentro y jugar a que era un “golpe de suerte”. Ese fin de semana se había estrenado la fabulosa Poderosa afrodita, película que en aquel entonces desconocía los paralelismos que tendría con mi vida pero que ya me causó un gran impacto. Me sentía bastante perdido, y eso que en teoría tenía que ser un día que estuviese ilusionado, que, por otro lado, lo estaba. Había conseguido por 4.000 pesetas —que no son los 24 euros de ahora— una entrada para ver a Woody, pero la persona con la que me hubiese gustado ir ya no quería venir conmigo. El adiós del primer amor siempre es extremadamente neurótico, y quizá por influencia de Woody yo lo era un poco más. En ese estado de doble emoción, en el que se contrastaba la alegría y la infinita tristeza, acudí a pasear por los aledaños de la “Filmo”. Llevaba una libreta y seleccionaba en el programa títulos que habíamos visto juntos. Recordaba aquel beso furtivo, el primero, en la proyección de Zelig —siempre Woody—. Quizá ese primer beso condenó a que siempre las pelis de Allen estuviesen unidas a aquella sonrisa, pero ese domingo no venía conmigo al concierto, aunque también estaría allí.

Como si de una película noir se tratase, yo tenía que llamar al hotel a una hora determinada. Las cabinas a veces funcionaban, pero muchas no. Tuve suerte. A las 18:03 les viene a buscar el coche, a las 18:12 estarán en el Monumental, y colgó la amiga de mi tío. La conversación pareció la transcripción de un telegrama, pero yo había conseguido la información. Los horarios no se cumplieron porque se adelantaron, quizá yo entendí mal, pero como estaba en esa entrada oculta pude ver a Woody con su boina y a Soon-Yi bajar del coche. Me acerqué con emoción controlada y, en un pésimo inglés, le dije que esperaba que tocasen de Sidney Bechet There´ll be some changes made. Esa canción, dudo que pronunciase bien el título, o la mención al clarinetista, captaron su atención. Me dio las gracias y aproveché para explicarle que yo era una mezcla de sus personajes de Manhattan, Recuerdos y  Maridos y mujeres. Se rio y respondió que me quedaba mucho por vivir y que él también habría querido ser esos personajes. Desconozco el motivo, pero quiso que le recomendase un lugar para poder pasear con Soon Yi y que no hubiese prensa. Le respondí que el lugar adecuado era Villaverde. Repitió extrañado las palabras y le dije que Villaverde se traducía como Greenvillage, a lo que soltó: “¿Greenwich Village? ¿Se parece al de Nueva York?”. Asentí, pero maticé que con más bandas de jazz por la calle. Ahora asintió él, y un hombre gigante le indicó que debía pasar. ¿Iría Woody a Villaverde? Solo sé que Soon-Yi antes de entrar me miró y que yo no vi el concierto junto a quién hubiese querido verlo. Ella estaba en la parte de abajo, yo arriba. Y a lo lejos pude ver cómo sonreía, pero no era a mí. Aún tengo la entrada.

De la vida de las marionetas

por Iván Cerdán Bermúdez
@ivancerdanbermudez

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AMo Ruiz Administrador fincaas

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