A mi tío Carlos Miguel, que lo empezó
Jorge Martínez —Jorge Ilegal— entró en mi vida a los 9 años. Fue en casa de mi abuela —¡qué lugar tan mítico y mágico ese inolvidable séptimo!—. Recuerdo el momento exacto: mi tío P. me dijo que fuera a su cuarto y escuchara una canción. No era otra que Eres una puta, del disco que acababa de salir de Ilegales, Todos están muertos. Aquel tema me causó una conmoción inmediata. El acto aparentemente rebelde se había convertido en otra cosa, aunque en ese momento solo era consciente de que allí había algo más interesante que las canciones que nos hacían cantar en el colegio.
Con un walkman iba por Villaverde escuchando aquellos casi treinta minutos en modo bucle. Me las sabía todas. Mi madre, como es natural, se enfadaba por el tipo de música que escuchaba. Ése fue el comienzo del romance. Cada disco que publicaba Ilegales lo pedía para Reyes o para mi cumpleaños o, incluso, mi compañero de clase F., gran experto en el arte de la sustracción, me lo facilitaba desde El Corte Inglés.
Jorge era un poeta. Radiografiaba aspectos de una vida ya preadolescente —la mía— en la que los anhelos, los desengaños, las malas notas y los planes de futuro se daban la mano. Probablemente me gustaba jugar a ser diferentes antihéroes de sus canciones. Recuerdo con especial cariño el disco Chicos pálidos para la máquina y su tema Al borde. Tenía doce años y yo me sentía un poco al borde… ¿pero de qué? Me asqueaba el colegio, eso lo recuerdo bien. La música de Ilegales me acompañaba y, con mi amigo D. Luis, nos pasábamos clases enteras de Dibujo con la voz de Jorge sonando mientras él pintaba y yo escribía poemas. Aquellas clases eran magníficas, no solo por la belleza de la profesora —a la que dediqué versos sacados literalmente de canciones de Ilegales—, sino que a veces hasta me sonreía —imagino que como a todos los alumnos que elogiábamos sus pinturas—.
A medida que me iba haciendo mayor, las letras me llegaban más. Y ni qué decir tiene que un regalo de Reyes que me volvió loco fue el directo El día que cumplimos 20 años. Debió de ser hacia 2002. Todo resucitó para no marcharse nunca más. Disfrutar de la hondura de canciones como La casa del misterio o piezas similares me hizo saber más cosas de mí mismo. La evolución musical del grupo era constante; su lado oscuro también me hechizaba. Jorge era un líder inquebrantable. Aquel concierto, con su chulería —ésa que les llevó a no invitar a otros cantantes ni a gente de otros grupos—, solo permitió la presencia de quienes habían formado parte de la banda. Aquello ya era una alevosía máxima en tiempos de “invitaditos famosos a cantar”.
Jorge nos visitó en Villaverde por los proyectos que realizábamos. De hecho, no hay que ser mago para adivinar el motivo por el que la segunda película del grupo Bambalina Viba se tituló Enamorados de Varsovia. En nuestros montajes teatrales también estaba y, claro está, en las calles, mientras corría o escribía.
Ilegales siempre formará parte de mi infancia, como las Navidades, que son —al final— las de la niñez. Tengo muchos recuerdos navideños escuchando la voz de Jorge e imaginando que formaba un grupo solo para homenajear algunos de sus temas.
La muerte de este filósofo de la música me ha recordado que el tiempo se condensa sin piedad y que los referentes, poco a poco, se van marchando. Unos antes, otros después, pero ya sabes que no están y solo queda volver a su obra. Quizá cuando muera Woody me quede definitivamente huérfano de todos los que me han marcado. Me quedarán otros que me gusten, sí, pero no será lo mismo.
Mientras tanto, ideo una historia que, de nuevo, quedará en un cajón, pero que comenzaría con los versos: Adiós mi amor, adiós querida imbécil. Ojalá te encuentres a alguien como tú.
Buen viaje, Jorge.


