Hay noches de contumaz insomnio en las que mi mente, excitada por el envolvente silencio, se da a la tarea de pensar, hilando pensamientos incoherentes, pero que al fin y al cabo terminan iniciando un rumbo más o menos fijo, y así, una noche, le dio por hilar la idea de que el sistema socioeconómico en el que vivimos aprovecha la necesaria y humana búsqueda de la felicidad ofreciendo su cebo en forma de éxito, poder, sexo y ganancias materiales; cebo que coloca, como el dueño del jumento, cada vez más lejos para que la búsqueda continúe y el burro no deje de andar.
Así el individualismo, la competitividad, la hipocresía y la falta de escrúpulos se han convertido en valores de nuestra sociedad; lo vemos en la política, en las relaciones comerciales y entre compañeros de trabajo o vecinos.
Con la muerte de los valores utópicos el ciudadano ha forjado un horizonte hedonista, chato y vacío de espíritu, donde la satisfacción inmediata se impone sobre el cultivo arduo y prologado de un esfuerzo cuyo fruto ha de madurar lentamente. Lo vemos en la juventud cuando todo lo quiere ahora y sin esfuerzo o sacrificio. He visto, empero, a jóvenes excepcionales, laboriosos y entregados, así como a chicos y chicas solidarias y sensibles con la naturaleza, la guerra y la injusticia.
Pero… ¿y el alma? ¿Dónde queda el alma? El paradigma científico ha zanjado la cuestión negándola, igual que a la conciencia y el espíritu; así tajantemente, sin ni siquiera darle el valor de hipótesis plausible o, por lo menos, dejarla reposar en el misterio, arrumbándola al ámbito de la religión y/o la superstición, que para la ciencia son lo mismo. Sin embargo, esta sociedad secularizada ya no acepta una moral rígida impuesta por fe o por tradición. Por lo tanto, si queremos cambiar esta sociedad o ser revolucionarios, tendremos que invertir en nuevos valores éticos, como tal vez lo sean la solidaridad, la cooperación, el respeto a todos los seres, humanos y no humanos, pero, sobre todo, tendremos que considerar la vida en sí misma como el valor más importante, poniéndola por encima de cualquier interés político o económico y en todo espacio y lugar.



