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Matisse o la alegría de vivir de un salvaje

El título de la pintura de Matisse que acompaña a estas líneas, Lujo, calma y voluptuosidad, lo toma de un poema de Baudelaire, como toma la técnica del puntillismo de Signac, quien compraría el cuadro, todo un manifiesto del fauvismo. Del francés “fauves”, fieras, animales salvajes, como tales valoraron a quienes, sin renunciar a lo figurativo, no pretendían imitar la naturaleza ni crearla, sino captar su esencia, sentirla a través de colores vivos, saturados, llenos de expresividad, y composiciones cuya armonía de líneas, diagonales, curvas, se alejaba del culto a la perspectiva y a la proporción que naciera del Renacimiento. Con éste, sin embargo, comparten el interés por idealizar la belleza, la mesura, el antropocentrismo y el carpe diem. Véase la Venus de Lujo I, quien con su ensimismamiento hierático y monumental renace a la mitología en compañía de dos sacerdotisas, las tres dibujadas a trazos y coloreadas con pinceladas rápidas y vibrantes de rosas, verdes y amarillos planos, ante un fondo marino de verdes, marrones y azules violetas. O La raya verde, retrato de su mujer, cuyo rostro de trazos esenciales corta en dos para definir sombras e iluminaciones.     

Invito a empezar la exposición Chez Matisse. El legado de una nueva pintura (CaixaForum) con la lectura de los versos de Baudelaire, y a sumergirse en la alegría de vivir de las obras, que pretendían despertar el ancestral fondo sensual del hombre. “Los soles ponientes / revisten los campos, / la ciudad y los canales / de oro y de jacinto; / se adormece el mundo / en una cálida luz. / Todo allí es orden y belleza, / lujo, calma y deleite”. En la religión de la dicha del arte de Matisse es dogma la pasión, que, lejos de inquietar o confundir, ayuda a olvidar todo impedimento de disfrute, lo que lleva a Cocteau a resaltar su virtud de pintar el gozo de la vida.

  A falta de pintar, nos basta abstraernos ante sus cuadros con su misma intención: “Vivir como un monje en una celda, en la que pueda pintar sin preocupaciones ni molestias”. Por algo su vocación artística le nació al recuperarse de una peritonitis a los 20 años, y su técnica de pintar con tijeras a los 52, tras quedarse postrado en una silla de ruedas. Y eso que no le faltaron motivos para el pesimismo. Durante la Segunda Guerra Mundial, su mujer fue detenida por los nazis y su hija Marguerite torturada por la Gestapo y enviada a un campo de concentración, aunque logró escaparse durante el traslado (la pintó en Marguerite con gato negro o en el cubista Cabeza blanca y rosa). Había sido, sin embargo, según Louis Aragon, la primera Gran Guerra la que le inspiró el simbólico espacio tenebroso y violento en negro enmarcado en verde y azul de su Puerta-ventana en Collioure, en cuyo cuadro practica la abstracción y se adelanta al expresionismo abstracto norteamericano. Le duraría poco, como poco le había durado su acercamiento al cubismo (Retrato de Yvonne Landsberg, Auguste Pellerin II). Y es que solo fue fiel a sí mismo y a la búsqueda de lo esencial, ya autorretratándose sin rostro y tocando el violín: Violinista en la ventana, reflexión sobre la necesidad de trascender los sentidos; ya especulando sobre el pintor y su modelo: El pintor en su estudio, donde supera nociones espaciales y de identidad.

Mención aparte merece Interior con pecera, donde no pinta la luz ni la realidad, sino que las siente a través del color. “He buscado algo distinto al espacio real”, afirmó, ya que buscaba, según él, “expresar la luz del espíritu… Espacio cósmico en el que no se sientan los muros, lo mismo que el pez en el agua”. De ahí que pinte una planta en un interior que se funde precipitada con el exterior ante la serenidad contemplativa del pez, que está tan dentro como fuera de la pecera, al estar dentro del cuadro, y fuera y dentro de nuestra visión de espectadores.

¿Y qué decir del Desnudo rosa sentado? Es la voluptuosidad sublimada del cuerpo femenino, intento inefable de pintar un alma con carne. El cuadro produce la sensación de encontrarse en proceso de creación o de descreer en la materia, si no fuera porque se conservan fotografías de la metamorfosis hasta su simplificación geométrica. A mí me evoca el poema Desnudo, de Jorge Guillén: “Blancos, rosas. Azules casi en veta, / retraídos, mentales. / Puntos de luz latente dan señales / de una sombra secreta. / Pero el color, infiel a la penumbra, / se consolida en masa…”

DV11

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