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Un héroe local

Ricardo era un vecino de Arenas de San Pedro, un pueblo recostado a las faldas de la sierra de Gredos, al sur de Ávila. Su mérito no fue destacar ni en las armas, ni en las letras, ni en la política local o nacional. Tampoco hizo nada para ser santo, o tal vez sí, nunca se sabe.

Ricardo era un simple vecino de a pie, como la infantería. Ricardo un día se sintió indignado por la cantidad de vasos de plástico, latas de bebida y botellas que se acumulaban los fines de semana en la puerta trasera de una discoteca, en una calleja poco transitada al lado del castillo y que los servicios públicos de limpieza soslayaban de forma habitual.

Seguramente había indignación y protestas de los vecinos contra el ayuntamiento, pero nadie, a la postre, hacía nada. Ricardo, empero, trocó su indignación por acción y un buen día, provisto de bolsas de basura y escoba, o tal vez a pura mano, empezó a recoger los restos de la fiesta. Estoy seguro de que sus convecinos le dirían cosas como: “déjalo, no sirve para nada, eso lo tiene que hacer el ayuntamiento”; es decir, que animaban a Ricardo.

El tiempo fue pasando y Ricardo se despidió de este mundo dejando detrás una calle limpia, junto a un buen ejemplo. Pero la justicia, que aunque lenta siempre llega, se encargó de que en el ayuntamiento tuvieran noticia de este ejemplo de ciudadanía y que su esfuerzo fuera reconocido. En agradecimiento, la junta municipal aprobó grabar una placa con su nombre y ponerla en una roca que sobresale al pie del castillo y en la que éste apoya uno de sus torreones, muy próximo a la zona que nuestro protagonista mantenía limpia.

Al conocer esta pequeña historia pensé en lo sencillo que es algunas veces pasar a la posteridad, aunque un día nadie recuerde quién fue ni qué hizo Ricardo, el de la placa de bronce.

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