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Supervivencia bajo el sol

Ya está aquí junio, y con él el calor de forma oficial y la prisa que nos entra a todos por perder el “blanco nuclear” del largo invierno. Parece que estar moreno es sinónimo de salud y de aparentar ser más guapo, pero me toca daros el primer zasca: el bronceado no es salud; es un mecanismo de defensa. Cuando la piel se pone morena, en realidad se está fabricando un “escudo” de urgencia (melanina) porque la estamos agrediendo y la estamos estresando. Es, literalmente, la cicatriz de una agresión.

Ojo, que no quiero amargarle a nadie el ritual veraniego ni invitar a encerrarse en casita a nadie, ni mucho menos. El sol es maravilloso para sintetizar la vitamina D, fijar el calcio en nuestros huesos y mejorar el estado de ánimo. Pero hay que saber aprovecharlo con cabeza. Por doquier puede verse a gente gastando fortunas en cremas milagrosas y luego comete errores de bulto por culpa del postureo y del desconocimiento. Vamos a desmontar esos mitos tan propios de las redes sociales.

¿Qué significa el numerito de la crema?

Muchos piensan que un factor de protección (SPF) 50 es “una pantalla total” que te vuelve inmune al sol o que el SPF 15 es suficiente para cuando ya estás un poco bronceado. ¡Error! El número no mide la “fuerza” o el grosor de la crema, sino el tiempo que tardas en quemarte si la comparamos con tu piel al desnudo.

Si tu piel, tal cual, sin nada, tarda 10 minutos en ponerse roja bajo el sol de junio, un SPF 30 te protegería teóricamente 30 veces más tiempo (unos 300 minutos). Pero esto es la teoría de manual. En la vida real, con el sudor, el roce de la ropa, la arena y los chapuzones, la crema se va perdiendo. Por eso da igual que te apliques factor 30 o 50: ¡hay que reponerla cada dos horas sí o sí! Si te la echas a las once de la mañana y pretendes que te dure hasta la hora de comer, te estás quemando bajo una falsa sensación de seguridad. Además, recordad que las nubes no son sombrillas: el 80% de la radiación invisible las atraviesa, así que los días nublados también queman. Al igual que los cristales: estar tras uno de ellos, en un coche por ejemplo, nos expone igualmente; no son escudos.

El peligro no está solo en la playa o en la piscina

Otro gran error: pensar que el protector solar es un accesorio exclusivo de piscina o playa. Nos quemamos exactamente igual paseando al perro, esperando el autobús sin marquesina, yendo a la compra o sentados en la terraza del bar. El sol en nuestro día a día tan ajetreado hace el mismo daño que estando de relax en la piscina de la urba.

¿Cómo sobrevivir a este panorama?

1. La prueba de la sombra: ¿No sabes si el sol está guerrero? Mira tu sombra en el suelo. Si tu sombra es más corta que tú, el sol está cayendo a plomo (suele pasar entre las horas centrales del día). Es la hora prohibida. Búscate una buena sombrilla, un porche o vete a echar la siesta.

2. Llegar “vestido” de casa: El protector solar tarda unos 20 o 30 minutos en empezar a hacer efecto en las células. Si te lo echas cuando ya estás instalado en la toalla, durante esa primera media hora tu piel está totalmente desprotegida. Sal de casa ya con la crema aplicada.

3. La mejor aliada es una gorra: Ningún protector solar químico es tan eficaz como una buena barrera física. Una gorra que cubra la cara, gafas de sol homologadas y ropa ligera de algodón son tus mejores amigos para el día a día.

4. Atención a las zonas “olvidadas”: no es raro ver quemaduras bastante dolorosas en las orejas, el empeine de los pies, la calva masculina y los labios. Usad un labial con protección solar y no os dejéis los pies o las orejas y la nuca sin cubrir…

Disfrutad del buen tiempo, pero recordad: la piel tiene memoria de elefante y los excesos que cometemos hoy se pagan en forma de melanoma mañana. ¡Cuidarse sin renunciar a pasárselo bien siempre es posible!

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TAMARA JIMÉNEZ CARO
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