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Ratas en Villaverde. ¿Homenaje involuntario a Miguel Delibes?

Hay mañanas en Villaverde en las que uno no sabe muy bien si ha salido de casa o ha entrado en una novela. No una novela cualquiera: Las ratas, de Miguel Delibes. El detalle que marca la diferencia es que en la novela el paisaje es Castilla y aquí son las vías del tren, los parques descuidados y los contenedores desbordados. La comparación puede parecer exagerada, pero basta darse un paseo para entenderla. Los vecinos llevan años denunciando la presencia constante de roedores en calles y parques. No es una anécdota ni un episodio puntual. Las quejas se repiten desde hace tiempo y hablan directamente de una “plaga”, con animales que aparecen entre la basura o en zonas infantiles.

La escena es conocida por cualquiera que viva en el barrio. Estás en el parque con los niños y, de pronto, algo corre entre los arbustos. Durante un segundo dudas: ¿conejo o rata? Ese instante de vacilación define bastante bien el estado de las cosas. A veces ni siquiera hace falta adivinar. El otro día pisé una rata muerta camino del parque. A pocos metros había otras dos, una viva. La escena tenía algo de paisaje bélico, como si hubiese pasado una pequeña catástrofe doméstica que nadie se hubiese molestado en recoger. Entonces apareció Delibes en la cabeza. En Las ratas (1962), se retrata un mundo rural miserable donde el Nini y su padre sobreviven cazando ratas de agua para comer. Aquella novela era una denuncia social: la pobreza extrema, el abandono institucional, la España que nadie quería mirar. El libro tenía algo de documento antropológico. Una radiografía del país profundo. La pregunta incómoda es si, 60 años después, esa radiografía podría trasladarse a ciertos barrios.

Barrunto la idea de situar Las ratas en Villaverde hoy. No haría falta construir decorados ni buscar atrezo. Bastaría con encender la cámara en algunos parques, sobre todo en los que bordean las vías del tren. Allí la vegetación descontrolada, la basura acumulada y la falta de limpieza crean un ecosistema perfecto para los roedores. La cosa tiene incluso un cierto tono de rumor urbano. Hay quien asegura que algunos indigentes las comen. No sé si es verdad, pero el simple hecho de que el comentario circule ya dice bastante del ambiente. Las ratas, al final, no son el problema principal. Son el síntoma.

El verdadero problema es la suciedad persistente y la sensación de abandono. Los contenedores rebosan muchas noches. A veces por la mañana resulta imposible depositar la basura. El cubo está lleno, el suelo repleto y el olor lo invade todo. Las ratas hacen lo que haría cualquier animal: aprovechar el festín. Los vecinos denuncian que el Ayuntamiento aparece, coloca cebos, hace alguna intervención rápida y desaparece. Es una coreografía administrativa bastante conocida: actuación puntual, fotografía institucional y silencio posterior: cuando reaparecen las ratas.

Uno se pregunta, inevitablemente, si la escena sería la misma en el barrio de Salamanca. Si allí los contenedores pasarían días desbordados o si las ratas se pasearían por los parques infantiles sin provocar una crisis municipal. En Villaverde el problema tiene algo de invisibilidad estructural. Es un distrito que rara vez aparece en los discursos oficiales salvo cuando se habla de planes urbanísticos o estadísticas o crímenes. Mientras tanto, los vecinos convivimos con una degradación cotidiana que se normaliza con demasiada facilidad.

Quizá por eso la idea de adaptar Las ratas a Villaverde no es una broma literaria. Tiene algo de metáfora incómoda. En la novela de Delibes, el drama era que nadie parecía escandalizarse demasiado por la miseria. Aquella vida miserable formaba parte del paisaje. En el fondo, eso es lo que la novela denunciaba: la costumbre de aceptar lo inaceptable. En Villaverde ocurre algo parecido. La presencia de ratas se comenta, se graba en vídeos, se denuncia en asociaciones vecinales y luego se diluye en la rutina del barrio. Como si fuese una fatalidad natural y no el resultado de decisiones políticas muy concretas. Delibes estaría fascinado con el escenario. No porque le gustaran las ratas, sino porque sabía ver en ellas algo más profundo. Las ratas siempre aparecen donde alguien ha decidido mirar hacia otro lado. ¿Hacemos la adaptación?

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IVÁN CERDÁN BERMÚDEZ
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