Desde tiempos inmemoriales, los conquistadores han buscado imponer su voluntad y dejar su impronta en cada rincón del planeta.
A mediados del siglo XXI la lucha por el poder se extiende más allá de los límites terrestres, siendo la conquista del cosmos el nuevo capítulo de la eterna pugna por la dominación mundial. La nación que logre llevar la delantera se convertirá en la próxima hiperpotencia. Por eso la humanidad se encuentra inmersa en un estado de guerra permanente, que no se libra en campos de batalla convencionales sino a través de servicios de inteligencia, diplomacia, redes sociales y medios de comunicación.
El espacio exterior, en lugar de ser un lugar de descubrimiento pacífico y exploración, se ha convertido en un escenario de creciente tensión. Las Naciones Unidas emiten informes alarmantes sobre el riesgo inminente de una guerra militar en la órbita terrestre. Estrategias para dominar el espacio se desarrollan en secreto, incluyendo armas de energía dirigida y láser, así como técnicas avanzadas de misiles. La confrontación espacial se ha vuelto una prioridad para las principales potencias, que buscan liderar una nueva era de colonización en el espacio.
En este contexto, la economía de las superpotencias está supeditada a la inversión en ciencia y tecnología. Se buscan constantemente nuevas fuentes de financiación, por lo que la colonización de planetas, satélites y asteroides no solo tiene como objetivo la expansión humana, sino también el acceso a recursos escasos en la Tierra.
En la Luna se han establecido ya las primeras bases para comenzar a extraer minerales estratégicos e ingentes cantidades de energía eléctrica procedentes del helio-3. El siguiente objetivo es Marte, donde se prepara un asentamiento científico permanente.
Esta “fiebre del oro” lunar y marciano ha provocado que, en algunas naciones, las clases gobernantes, en su afán de obtener los recursos económicos necesarios para optar a la repartición del “pastel extraterrestre” hayan desarrollado políticas que empobrecen progresivamente a la población, una población dócil y cooperativa, privada de iniciativa y pensamiento crítico, controlada, manipulada y guiada por el “sentimiento patriótico”, como si la conquista del universo se tratara de unas Olimpiadas.
En cada vez más países, la libertad personal se desvanece. Y, sin embargo, la mayoría de las personas creen ser libres y autónomas en sus elecciones diarias, mientras que la realidad es que están sometidas a la influencia sutil de aquellos que toman decisiones en las sombras en el seno de los Gobiernos. Formas de vida, modelos sociales e ideologías son cuidadosamente diseñados y aplicados para dirigir a la población hacia un destino predefinido. La democracia es solo un espejismo frente a la plutocracia real, donde las corporaciones detentan el verdadero poder.
Las mentes de las masas son moldeadas, y la libertad de pensamiento es suprimida por la constante avalancha de noticias, desinformación y propaganda. Los medios de comunicación, en manos de las corporaciones, son armas efectivas de control de la opinión pública. Su éxito radica en la educación deficiente de las clases más bajas.
La complacencia con la mediocridad se promueve como un estilo de vida (visible, por ejemplo, en la popularidad de los reality shows), en el que se inculca la autoculpabilidad en la mente de cada individuo, haciéndole creer que es el único responsable de sus desgracias, de sus fracasos y de su falta de éxito en la vida. Este sentimiento de culpa, alimentado por la manipulación, eleva la tasa de suicidios y sume a las clases trabajadoras en un estado depresivo que inhibe cualquier posibilidad de revolución.















