Entre las pinturas del Museo del Prado hay unas cuantas que si hoy cuelgan de sus paredes fue gracias al celo de Mengs y del marqués de Esquilache, quienes convencieron a Carlos III para que no las quemara. Se trata de desnudos que no soportaban las miradas decorosas de los vigilantes de la moral, por lo que se las confinó a estancias secretas de acceso restringido a los ojos masculinos más sibaritas del Reino. Llama la atención la ausencia de desnudos integrales masculinos en dicha colección.
El origen del muestrario de desnudos se remonta a Felipe II, si bien fue Felipe IV, tan amante de las artes como de los excesos carnales, quien le dedicó más recursos, hasta el punto de que buena parte de los desnudos fueron adquiridos para su colección. A mí me gusta representarme al Rey Planeta en su “cuarto bajo de verano” del Alcázar, donde se deleitaba con las encueradas, en animadas charlas con Velázquez o Calderón de la Barca. Quizá en privado su rostro imperturbable alumbrara sonrisas escuchando poemas satíricos de Quevedo, como el dedicado “A una dama hermosa y borracha”, fácilmente identificable con la bella recostada de La bacanal de los andrios de Tiziano: “El que peca contigo, / gozando de tu cuerpo y tu belleza, / el que tu gentileza / goza en el blando lecho sin testigo, / no pecará en la carne de algún modo, / si en lo que siempre peca es cuero todo.”
Más que imaginar tal sala como lugar para chanzas licenciosas y decorado para lecturas poco santas, que también, sospecho que los contertulios entraban en aquella cámara prohibida con el convencimiento de hacerlo en un espacio para el engaño, la ilusión, la fantasía y los sueños. Ensimismados en la alucinación de bellezas tan convulsas y precipitadas como inasibles e indolentes, el placer estético se transformaría pronto en dolor vital y la alegría inicial en tristeza. Ante los cuerpos desvestidos se aúnan las ansias más vitalistas del carpe diem con el desengaño más exaltado del vanitas vanitatis. Las ganas de exprimir las frutas carnales contrastan con el miedo al tiempo que pasa y reduce a polvo y sombra al hombre, pues la vida no es más que sueño y los sueños sueños son, según las enseñanzas calderonianas. Quevedo dejó escrito en su poema Al pincel: “hácete el arte dueño / de cuanto crece y siente. / Tuya es la gala, el precio y la belleza, / tú enmiendas de la Muerte / la invidia, y restituyes ingenioso / cuanto borra cruel”. Más que búsqueda de placer, creo que en aquella galería de pinturas fatuas el rey hallaba reposo melancólico al que para muchos predicadores era el peor pecado: la tribulación, la pesadumbre sin consuelo. Lo más peligroso para el alma quizá no fuera la excitación sensual, sino más bien la búsqueda del alivio mundano en la vanidad del arte consolador, en la atemperación del dolor de la existencia en la contemplación extática de la belleza femenina. Al fin y al cabo, cierto modo de idolatría. Buscar alivio fuera de Dios, ése era el pecado, no saciar apetitos con las mujeres. En la España barroca se perdonaban los refrescos carnales, pero no el fervor hacia figuras que no fueran las del Creador, la Virgen y sus santos. La finalidad del arte debía ser conmover al cristiano para inclinarlo a la vida piadosa.
No espere nadie encontrar en esos cuadros corrupción, ni mucho menos maldad o defecto. Lo que descubrirá será perfección, abundancia de belleza, una colección de refinados desnudos y exceso, mucho exceso de deleite estético, unas veces equilibrado, reposado, sereno, clásico, y otras ampuloso, desbordado, inquieto, barroco.
En el título elegí el adjetivo “viciosas” para calificar las pinturas de abundantes, deleitosas, que eso significa también en castellano desde Alfonso X. ¿O no hay abundancia en los cuerpos de Rubens o en los colores de Tiziano, Tintoretto o Veronés? ¿No nos proveeen de idealización y equilibrio Guido Reni o de profunda sensibilidad Carracci? ¿Falta deleite en los cuerpos sugerentes de Furini con sus transparencias y suavidades cromáticas del fondo azul para resaltar la turgencia carnal de las hijas de Lot?
No es el Prado uno de los museos más viciosos, dado el celo con el que la Inquisición vigilaba la práctica artística, pero aún hoy podemos disfrutar de los despelotes de Durero, Tintoretto, Veronés, Tiziano, Reni, Carracci, Furini, Rubens y Goya, tras cuya contemplación recomiendo la lectura de la Crónica del rey pasmado de Torrente Ballester, que llevara al cine Imanol Uribe, donde se presenta a Felipe IV alelado ante el cuerpo de Dánae pintado por Tiziano.




