Seguro que habéis visto que cada vez pasa más. Niños que no aguantan una cola, que se desesperan si algo no llega al momento, que necesitan estar entretenidos constantemente. Y no, no es que “se porten mal”. Es que no saben esperar. Y es normal, porque casi nadie les está enseñando.
Vivimos con prisa. Todo es rápido, inmediato y acelerado. Si algo tarda, molesta. Si algo aburre, se cambia. Y sin darnos cuenta, acabamos haciendo lo mismo con ellos: resolvemos antes de tiempo, distraemos antes de que aparezca el malestar, evitamos ese momento incómodo que, en realidad, es justo el que necesitan.
Tenemos que pararnos a pensar que esperar no es perder el tiempo. Esperar es aprender. Aprender a no tenerlo todo cuando uno quiere. A ser capaces de aceptar un “ahora no”. A gestionar ese pequeño nudo que aparece cuando algo no sale como esperaban. Ahí, en ese rato incómodo, es donde se construye la paciencia, el autocontrol, la capacidad de adaptarse. Pero claro, eso requiere tiempo. Y el tiempo es justo lo que nos falta.
En el día a día, entre trabajo, casa, prisas y cansancio, es muy fácil caer en lo práctico: darle el móvil mientras esperas en la farmacia, adelantarte y hacer tú lo que él tarda, evitar el conflicto porque no tienes energía. Y no pasa nada. Nos pasa a todos. El problema es cuando eso se convierte en la norma. Y la norma se transforma en una exigencia persistente.
Un ejemplo muy sencillo: una cola. En una tienda, en el centro de salud, en cualquier sitio del barrio. Antes era lo habitual. Ahora muchas veces es un momento tenso. Se mueven, protestan, se enfadan… y nosotros intentamos apagarlo rápido. Pero es justo ahí donde deberían poder quedarse un rato.
No se trata de forzar ni de dejarles solos con la frustración. Se trata de acompañar sin eliminarlo. De decir “sí, sé que es pesado esperar” y aun así aguantar la espera. Sin pantallas, sin soluciones exprés.
Porque si no aprenden a esperar en lo pequeño, luego todo se hace cuesta arriba: respetar turnos, aceptar un no, gestionar la frustración en el colegio o en casa.
Educar también es esto. No hacerlo todo fácil. No resolver siempre rápido. No evitar cada incomodidad. Es estar ahí mientras se enfadan… y ayudarles a descubrir que pueden con ello.
Porque no se trata de que no se frustren nunca. Se trata de que aprendan a aceptarlo cuando pasa y buscar alternativas constructivas.



