Como enfermera, estoy acostumbrada a que la gente venga a verme buscando una solución rápida: una pastilla para el dolor, un jarabe para la tos o una crema para el picor. Vivimos en la cultura de la “solución inmediata”. Sin embargo, hay un tipo de dolencia que no se cura así de fácil y rápido y que, paradójicamente, es la razón que más está llenando nuestras consultas últimamente.
A veces nos preocupa muchísimo que un niño tenga unas décimas de fiebre, pero nos pasa desapercibido que lleve días con la mirada triste, que haya perdido el apetito por los nervios o que estalle en una rabieta desproporcionada. La salud no es solo que físicamente estemos bien y que no nos duela nada, es que lo que sentimos no nos desborde.
¿Qué guardamos en el botiquín casero?
Si abrimos el botiquín de casa, encontramos tiritas y desinfectante. Pero el “botiquín emocional” de una familia se rellena de cosas que no se pueden comprar. El ingrediente principal es el cuidado emocional. Suena técnico, pero es muy simple: es saber ponerle nombre a lo que nos pasa.
A los niños, y a muchos adultos también, les cuesta horrores diferenciar si están enfadados, tristes, cansados o simplemente frustrados. Y cuando no sabemos qué nos pasa, reaccionamos mal. Enseñar a un niño a decir “estoy furioso” en lugar de dar un portazo, o “tengo miedo” en lugar de fingir o simular una dolencia física, es darle una herramienta de salud para toda la vida.
La tirita rápida
El error más común que cometemos es querer que dejen de sufrir “ya”. “No llores, que no es para tanto”, “Venga, alégrate, que no pasa nada”. Usamos estas frases como si fueran tiritas rápidas para que no nos duela a nosotros verlos sufrir a ellos. Pero las emociones no son moscas que podamos espantar; son señales.
Si un niño llora, su cuerpo está liberando tensión. Si le cortamos el llanto, la tensión se queda dentro. Validar no es darle la razón en el motivo de su rabieta, es simplemente reconocer su derecho a sentirla: “Entiendo que estés decepcionado porque las cosas no han salido como querías”. Una vez que la emoción se siente validada, la “fiebre” emocional empieza a bajar por sí sola. Hay que poner nombre a esas emociones y después validarlas, aceptarlas y trabajarlas.
Receta para un hogar emocionalmente sano
Para que el botiquín emocional de casa esté a punto, os propongo estas tres “medicinas” sin receta:
1. Dosis diaria de escucha activa: No es oír mientras miras el móvil. Es mirar a los ojos y dejar que terminen sus frases. A veces, la cura de un problema no es un consejo, es simplemente el desahogo.
2. Permiso para el “no estar bien”: Normalicemos que hay días grises. No pasa nada por estar triste o cansado. Enseñar que las emociones son pasajeras (como un resfriado) les da seguridad.
3. El ejemplo como mejor antiséptico: Tú eres su espejo. Si tú gestionas tu estrés dando gritos, ellos aprenderán a gritar. Si tú te permites decir “hoy he tenido un día difícil y necesito un rato de calma”, les estás enseñando a cuidarse.
No busquéis siempre la solución en un frasco de jarabe o blíster de pastillas. A veces, el mejor cuidado y atención es la que se hace sentada en el borde de la cama, simplemente escuchando o abrazando.



