Se conocen como ritmos circadianos al conjunto de cambios físicos, mentales y conductuales, regulados por nuestra biología interna y equilibrados por hormonas, que siguen un ciclo de 24 horas a lo largo de todo el día. Un cúmulo de hormonas se ponen de acuerdo para desarrollar nuestras funciones vitales: comer, dormir, estar despiertos, activos, etcétera.
En nuestro cerebro existe una región llamada hipotálamo, que está formado por agregados de neuronas y donde reside el llamado “núcleo supraquiasmático”, que actúa como un centro coordinador principal de los ciclos del sueño y vigilia. La función que desarrolla es como un “reloj” que marca los tiempos: cuándo el cuerpo necesita dormir para descansar y cuándo puede volver a ponerse activo para la supervivencia.
El centro del hipotálamo está sincronizado directamente por la luz solar: cuando entra la luz por nuestros ojos, esto es detectado por nuestro sistema nervioso y nuestro cuerpo libera cortisol, una hormona que promociona la activación, gestiona el nivel de alerta, regula la temperatura corporal y pone en marcha nuestro metabolismo. El nivel más alto de cortisol se produce entre las dos y las cuatro horas después de despertarnos: se produce un pico hormonal que prepara al cuerpo para la actividad y nos mantiene en estado de alerta y concentración. Cuando llega la noche, nuestro sistema nervioso detecta la oscuridad, y según va cayendo el nivel de luz se activa la producción de melatonina, la hormona que nos prepara para el descanso. Sus niveles aumentan con la oscuridad preparando al cuerpo para el sueño, al mismo tiempo que coincide con los niveles bajos de cortisol. La melatonina facilita la conciliación del sueño, mejora la calidad del descanso y sus niveles disminuyen durante el día, lo que facilita la vigilia por la mañana.
Por este motivo, es muy importante la cantidad de luz que recibimos del exterior, porque nuestro sistema nervioso tiene la capacidad de detectar los cambios que se producen para adaptar nuestro reloj interno a los cambios durante el día. En realidad, el sueño sirve para el mantenimiento de distintas funciones de reparación y regeneración de daño celular. La consecuencia de ignorar estos cambios, que son biológicos, en nuestro equilibrio puede desencadenar problemas cognitivos (falta de concentración, nerviosismo) y trastornos metabólicos (mayor riesgo de obesidad y diabetes). El problema actual es que vivimos en un mundo lleno de luz artificial que confunde a nuestro sistema. Se aconseja evitar toda exposición a pantallas digitales en horarios nocturnos para poder tomar un descanso oportuno y que nuestro cuerpo reaccione a un entorno adecuado de oscuridad, generando las condiciones óptimas para entrar en la fase del sueño correctamente.
DR. ÁNGEL LUIS LAGUNA CARRERO
Especialidad Medicina Familiar y Comunitaria
Máster Medicina de Urgencias y Emergencias
Experto universitario en Nutrición y Dietética




