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Leer a los clásicos

En el siglo XVII Saavedra Fajardo recomendaba: “enfrenar ese apetito desordenado y mira más por tu salud, tan gastada con el continuo desvelo de leturas”. Tal avidez de letra escrita no resulta hoy vicio habitual, sino raro capricho y vana pretensión de profesores con cerebros tan secos por la lectura como el don Quijote. Personas como Truman Capote, que confesaba leer hasta las etiquetas, las recetas de cocina y los anuncios, pertenecen a una especie en peligro de extinción.

Ante tan menguada devoción por los libros se ha extendido la idea de que en la educación primaria y secundaria hay que fomentar en exclusiva la literatura infantil y juvenil, no solo desdeñando a los clásicos, sino incluso culpándolos del rechazo hacia la lectura. Según los defensores de tal postura, la imposición de textos de esa naturaleza y su dificultad los convierte en aburridos y rechazables para los alumnos. Me pregunto si por argumentos semejantes alguien aceptaría que se renunciara en Matemáticas a despejar incógnitas, en Química a formular o en Geografía a localizar los diferentes países del mundo y sus recursos naturales. Por otra parte, ¿qué criterios se siguen para asegurar, por ejemplo, que Harry Potter es más fácil? Para quien lo crea, le invito a que lea las cuatro primeras páginas de la traducción de Harry Potter y el cáliz de fuego. ¿De verdad alguien cree que alumnos de 12 a 16 años entienden todo el vocabulario? Pregúntenles los significados de “erigida”, “siniestra”, “esnobs”, “identidad”, “aversión”, “huraño”, “corroborar”, “sórdida”, “convicción” “expectantes”, “blandir”, o expresiones como “golpe de efecto”, “motivos fiscales”, “macizos de flores”, “profesar veneración”. No nos engañemos: los chavales que no leen a Rowling, Elvira Lindo, Ana Frank… tampoco se acercan a Cervantes o a Shakespeare. El problema no estriba en que Homero, Ovidio, Quevedo o Calderón resulten difíciles de leer, sino en que no se leen. De hecho, los cantos X y XI de la Odisea poseen suficiente magia e ilusión para encandilar al lector menos entusiasta: magia de Circe, intervención de Hermes, descenso al Hades… Las Metamorfosis de Ovidio es, sin duda, la mejor colección de relatos fantásticos. Los poemas humorísticos de Quevedo hacen reír al más pintado. Las hazañas del Buscón en la Universidad de Alcalá entretienen. Y los monólogos de Segismundo deslumbran a los adolescentes. Es necesario desterrar falacias tan extendidas como que los clásicos resultan incomprensibles y generan aversión a la lectura o que el gusto por los libros aumenta con otros tipos considerados arbitrariamente más adecuados y fáciles. Asunto diferente es que gusten unos más que otros o que puedan combinarse.

Italo Calvino, que propone hasta 14 definiciones de “clásico” en ¿Por qué leer a los clásicos?, acierta cuando afirma que no hay que leerlos por deber o respeto, sino por amor, si bien defiende que en la escuela se dé a conocer un buen número de ellos a los niños y jóvenes, dado que en la edad de su encuentro con el mundo hay que facilitarles el conocimiento de las buenas letras. En último caso, concluye: “La única razón que se puede aducir es que leer a los clásicos es mejor que no leer a los clásicos”.

Tales planteamientos nos llevan a la necesidad de establecer una lista de obras fundamentales y, por lo tanto, al problema del canon, tan de moda desde que Harold Bloom abriera la polémica. A mi juicio, en ese canon para la enseñanza primaria y secundaria habría que incluir fragmentos y adaptaciones de los grandes clásicos. Si aceptamos con Bloom que lo que convierte a una obra en canónica es “la extrañeza”, y con Italo Calvino que los clásicos deben resultar “inesperados”, el propósito de la enseñanza de la literatura debe centrarse en provocar tanta extrañeza y sorpresa que haga insoportable la ausencia de un libro entre las manos. Entonces los clásicos serán clásicos redivivos, como quería Azorín, y no habrá problema en reconocer la valía de los clásicos futuros e, incluso, de los clásicos personales y aun de los no nacidos, porque los hay del pasado, del presente y del futuro. Lo absurdo es negarlos y relegarlos al estudio de los eruditos. El disfrute del arte no ha de ser patrimonio de élites intelectuales, sino una opción para cualquier persona.

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