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‘La comedia es un género poco valorado, pero luego el que más se disfruta’

Isabel Martín Conde, actriz y directora teatral, dirige ‘Indómitos’, actualmente en cartel en Escena 17

Isabel Martín Conde es la directora de Indómitos y, además, una actriz excepcional. Forma parte de las cabezas que sostienen ese pequeño paraíso creativo que es Escena 17, un espacio que define, en buena medida, el pulso cultural del barrio. La conversación tiene lugar durante una pausa de ensayos —de una pieza que podría ser bergmaniana o no, pero que, en cualquier caso, se encuentra en pleno proceso—. La acompañamos en ese paréntesis, entre dos mirindas y una conversación que se abre, casi sin darse cuenta, hacia océanos de proyectos compartidos.

En Indómitos hay una violencia muy precisa en el lenguaje. ¿Cómo habéis trabajado ese equilibrio entre humor y agresividad para que la risa no diluya el conflicto?

Pues te diría que tomándonos muy en serio el conflicto sin darle dramatismo. Al final es una situación que vista desde fuera piensas: “¿quiénes son los críos: los propios niños o los padres?”, y eso visto desde fuera te causa risa, es humor. Ahora, al que lo está viviendo no le hace tanta gracia, porque se está hablando de su hijo, de su vida, de su circunstancia, de su forma de educar, y yo creo que ésa ha sido un poco la base para que una cosa no tape a la otra a la hora de trabajarlo.

La obra plantea una caída progresiva de la civilización hacia lo instintivo. ¿Os interesaba más subrayar ese descenso o jugar con él desde la ironía?

Pues, siendo honesta, el trabajo empezó jugando desde la ironía: buscando el lado cómico de cada uno de los personajes y luego, una vez que el molde está hecho, buscar ese descenso, esa caída. Y jugar con los matices: “¿Por qué dice esto? Por esto, por esto y por esto. Vale, pues vamos a darle la vuelta, a ver qué sale”.

¿Cómo influye el hecho de trabajar en una sala de barrio en decisiones como el ritmo, la cercanía con el público o el tipo de humor?

Es un elemento más. Me acuerdo al principio, cuando empezábamos a ensayar, que les planteaba: “Imaginaos que el público son cuadros o estatuas que tienen esta familia metidas en casa”. Porque es evidente que se les va a ver. Además, tal y como están repartidas las butacas en el espacio, hay una fila en concreto que les van a ver. Pero en mi caso podría decir que no ha sido determinante, he hecho más lo que me apetecía que otra cosa. Y claro, al final yo soy de barrio, por lo tanto algo del barrio se plasma en la obra a la hora de dirigirla.

¿Se puede decir que el contexto del barrio resignifica la obra? Es decir, ¿cambia lo que se percibe como violencia, conflicto o incluso como comedia?

Yo creo que sí. Al final en un barrio humilde el conflicto puede verse como una forma de sobrevivir. En uno más acomodado puede ser hasta algo excepcional y grave. Creo también que al final lo hipnótico es ver cómo pierden el control personas que deberían ser “correctas” y que encima se han reunido para calmar las aguas porque ellos son los adultos y los adultos son personas razonables que se comunican. Spoiler: sale mal [risas].

La obra funciona casi como un combate… ¿Cómo se ensaya esa escalada sin que pierda naturalidad ni caiga en lo mecánico?

Para la clave es no juzgar a los personajes. Cada uno de ellos tiene un motivo por el que está ahí, por el que está contestando lo que está contestando y por el que hace lo que hace. Entonces eso también fue un trabajo de mesa para que todos nosotros entendiéramos a los cuatro personajes. Y lo que hemos conseguido es que cada uno de ellos defienda su personaje a muerte, y ese combate es el que se ve en la obra: yo estoy haciendo esto y te digo esto porque me estás atacando; y yo te estoy contestando por el mismo motivo pero con las herramientas que yo tengo.

¿Qué ha sido más complejo de dirigir: el control del tempo cómico o la construcción de la incomodidad?

La comedia sin lugar a dudas. Además de que es un género poco valorado, pero luego el que más se disfruta. Tenía claro que no quería caer en un humor fácil, y ésa ha sido mi incomodidad [risas]. Las escenas las he trabajado desde lo físico, tomándola muy en serio para luego de ahí poder sacar la comedia. Al final lo que te hace más gracia es que las cosas pasen de verdad.

Las tres sillas parecen el famoso juego. ¿Por qué no se van de la casa? ¿Hay un homenaje encubierto a El ángel exterminador?

Hay mucho de El ángel exterminador en los ensayos, porque además era una frase que yo les repetía mucho a ellos: “¿Os estáis dando cuenta de que están en la puerta, de que se podrían haber ido hace un rato y no se van?”. En El ángel exterminador es por una fuerza sobrenatural que les impide salir, en el caso de ellos se mezcla parte de “bienquedismos” (no me voy a ir, no vayan a pensar que no me preocupo por la situación), del morbo (a ver cómo termina esto) y una parte donde parece que si me voy ganas tú; y claro, entran ya los egos, las inseguridades… Y las sillas que fue en parte porque la sala es pequeña y hay que aprovechar muy mucho el espacio, entonces sí que me apetecía trabajar con ellos esa especie de incomodidad. Y es cierto que de primera piensas: “¿En una casa donde viven dos adultos y dos niños no van a tener cuatro sillas?”. Pero tiré de convención y creo que incluso eso a los actores les ha venido bien para generar una incomodidad: soy el único que está de pie, tengo que estar pendiente de cuando se levante alguno. Creo que les ayuda a estar alerta.

¿Qué dificultades y ventajas tiene sostener una sala en Villaverde frente a otros circuitos más consolidados?

La pregunta del millón de euros [risas]. La mayor ventaja para mí es estar cerca de los vecinos del barrio. Me explico: muy poca gente del barrio conoce la sala, pero cuando la conoce la valora muchísimo. Y las dificultades van justo unidas a esto que acabo de comentar: cuesta mucho atraer a gente del barrio. La gente no sabe que existe la sala, y mira que hemos tenido épocas de repartir flyers, darle mucha caña en las redes sociales, aquí en el periódico, el boca a oreja… pero llevamos desde finales del 2019 abiertos y todavía creo que hay gente que desconoce que tiene una pequeña sala de teatro al lado de su casa. Por eso sí que quiero agradecer al periódico de Villaverde, y en concreto a ti, Iván, por apoyarnos y por ser un altavoz para que Escena 17 llegue a más vecinos.

Foto: Miguel Labrador

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IVÁN CERDÁN BERMÚDEZ
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