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Flumen vitae

Hay un refrán español con el que no estoy de acuerdo: “quien bien te quiere, te hará llorar”. Yo lo cambiaría sin dudar por “quien bien te quiere, te hará feliz”. Tampoco me gusta el de “la letra con sangre entra”.

Estoy en contra de la violencia, en todas sus versiones y manifestaciones; siempre respeto, ya saben. Pero también estoy muy harta del “buenismo” que está de moda y no es indicativo más que de mentira. Los ejemplos abundan: aquellos que quieren a todo el mundo, pero “de lejos”, sin arremangarse; los que sienten lástima de otros, o eso dicen, pero no mueven un dedo por ayudar; los que se llenan la boca de paz y amor, pero cuando se necesita algo de ellos se ponen de perfil.

Las palabras bonitas, sin obras que las secunden, no tienen valor. Hacer feliz a alguien querido no es darle la luna si la pide; hay que acompañar, guiar, trabajar, para que la otra persona se sienta bien; hacerle percibir que importa y que puede contar con nosotros para lo que necesite. En ocasiones, solo podremos estar ahí, con una sonrisa, acompañando, porque hay cosas que no es posible solucionar.

Lo contrario lleva a sentirse desamparado y a tener recelo, porque no nos fiamos. Si uno tiene la experiencia de que nos han fallado, es difícil volver a confiar.

Cualquier figura de cuidador debería ser el árbol que nos cobija, que nos da sombra, que nos sostiene, que nos alimenta. Pero deja de ser nuestro árbol si sentimos que no nos podemos fiar; si no se responde a nuestras demandas, aunque se nos den buenas palabras en su lugar.

En las crisis, en las dificultades, es cuando realmente precisamos de buenos gestores, personas con recursos, estrategias; necesitamos que exista un plan B para contingencias. En la escuela, eso percibíamos los profesores con los alumnos: cuando tenían conflictos de cualquier tipo (acoso escolar, problemas familiares, etc.) se intentaban refugiar y buscaban apoyo en los docentes, como figuras de autoridad y con recursos. No se podía fallar a los pupilos y dar solo buenas palabras.

En el árbol de la vida está escrito que todos estamos implicados unos con otros. Y también en esa implicación, los más fuertes sostienen a los débiles. De otro modo, el árbol dejaría de ser una estructura sólida y estructurada para convertirse en leña. Por eso hay muchas cosas que no entiendo, que no comparto, que me chirrían. Estoy desanimada de que se abra una discoteca cerca de un colegio de Primaria y de una parroquia; de no percibir más control en los bares que incumplen los horarios de cierre nocturno, impidiendo el descanso de los vecinos; de constatar la invasión de algunas aceras con terrazas que ensucian e interrumpen el paso de peatones; de comprobar que existen aún barreras arquitectónicas que no permiten un acceso adecuado a personas con problemas de movilidad; de constatar que no están suficientemente limpios espacios comunes… Si, ya sé que hay muchos frentes abiertos y no es fácil tener todo a punto; seguiremos pagando impuestos con la esperanza de que se subsanen errores y rogaremos para que nuestros derechos se contemplen, por ejemplo a poder dormir en verano con las ventanas abiertas. Como ya se habrá celebrado San Isidro cuando este artículo salga a la luz, me encomiendo al santo pidiéndole ayuda y la bendición para los vecinos de Villaverde. Espero que nadie se moleste, como me pasó con un conductor de autobús, que a mi expresión de “que San Isidro le bendiga” me contestó: “no, déjelo, que ya me soluciono yo solito mis problemas”. Vamos, “genio y figura…”.

Feliz final de curso. A ver si aprobamos todos.

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MARIA ANTONIA PEREZ GARCIA
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