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Europa también te pertenece

El 24 de abril me senté en el hemiciclo del Parlamento Europeo de Bruselas. A mi alrededor había casi mil jóvenes de toda Europa. Y yo no podía dejar de pensar en que hacía no tanto tiempo nunca me habría imaginado allí.

No es que no quisiera estar en sitios así. Es que hay lugares que, en función del barrio del que procedes, simplemente no te los planteas. No es que nadie te diga que no puedes, es no ver a nadie como tú en esos sitios. Es no saber ni que existen. Es crecer con la sensación de que hay un mundo que funciona en otro idioma, en otro código, y que ese código no está hecho para ti.

Fui seleccionada por el Instituto de la Juventud para formar parte de la delegación española en la Semana Europea de la Juventud: ocho jóvenes de todo el territorio nacional, con el viaje y la estancia cubiertos. Y aun así, cuando me lo comunicaron, mi primera reacción fue de incredulidad. No de alegría —eso vino después—, sino de genuina sorpresa: ¿yo?

Eso me dice que no basta con que las oportunidades existan. También tiene que existir la creencia, profunda y sostenida, de que son para ti. Y esa creencia, en muchos barrios como el nuestro, hay que construirla a propósito.

Los programas europeos me han dado una autonomía y una visión global que antes creía inalcanzables. El año pasado, como ya sabéis, viví experiencias que me enseñaron que soy capaz de valerme por mí misma en un continente que no conocía, de comunicarme con personas que no comparten mi idioma, de incomodarme y crecer. Y cada vez que volvía, volvía siendo distinta.

Parlamento Europeo de Bruselas

Ahora, no solo me siento capacitada para moverme por el mundo, sino que siento la responsabilidad de volver a mi barrio y mostrarles que Europa también les pertenece. Porque ese es el problema de fondo: no es que los jóvenes de determinados contextos no quieran. Es que a veces no nos sabemos merecedores.

Esa mañana en el hemiciclo conocí a Lars Westra, un chico holandés de 19 años, delegado juvenil de la UE ante las Naciones Unidas, que puso en palabras algo que yo ya sentía pero no había sabido formular. Que moverse está bien, pero no es el objetivo en sí mismo. Que lo importante no es dónde te imaginas, sino qué quieres hacer allí. Qué quieres cambiar. Qué problema has visto de cerca —en tu barrio, en tu familia, en tu calle— y al que quieres dedicar tu vida. “Lo que hace que tu corazón lata más rápido”.

Yo llegué al Parlamento Europeo pensando en los niños de los campos de refugiados con los que jugué en Lunteren, en las conversaciones con jóvenes de países que no aparecen en los titulares, en lo que me decían mis compañeros del IES Celestino Mutis cuando les hablaba de estas oportunidades: “¿Pero esto es de verdad para nosotros?”.

Sí. Es de verdad para vosotros.

Salir de la zona de confort no significa irte lejos. Significa exponerte a lo que no conoces, conocer referentes que te amplíen el horizonte, aprender sobre ti mismo en contextos distintos al tuyo. Significa descubrir que tienes más capacidad de la que creías, y que esa capacidad no es un accidente ni un mérito exclusivo, es algo que todos tienen, pero que no todos han tenido la oportunidad de descubrir.

Por eso, cuando vuelvo a Villaverde, no vuelvo sintiéndome especial. Vuelvo sintiéndome en deuda. Con el barrio que me hizo, con los jóvenes que no tuvieron la información a tiempo, con los que todavía no saben que existe todo esto. Y con la convicción de que una de las cosas más políticas que puedo hacer es contárselo.

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