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Escena 17 siempre acierta

Indómitos es una propuesta escénica que parte de un conflicto cotidiano para construir un retrato preciso de las tensiones familiares y sociales actuales. Representada en Escena 17, un espacio que ha sabido consolidarse por la coherencia de su programación y por la confianza en propuestas firmes, la obra sitúa su acción en Villaverde, integrando el entorno como parte activa de su sentido. La premisa es sencilla: una reunión de padres tras un altercado entre sus hijos. Lo que comienza como un intento de diálogo pronto se convierte en otra cosa. La cortesía inicial se resquebraja y deja paso a una confrontación en la que afloran tensiones más profundas.

A partir de ahí, la obra plantea una cuestión que atraviesa toda la función: hasta qué punto los hijos reproducen los conflictos de los adultos. No hay respuestas cerradas, pero sí una línea clara de reflexión. Los problemas en los centros educativos, cada vez más visibles, no se explican solo desde la conducta de los jóvenes. Indómitos desplaza el foco hacia los padres y muestra cómo sus contradicciones, sus inseguridades y sus formas de relacionarse terminan filtrándose. No se trata de señalar culpables, sino de poner en evidencia una cadena de comportamientos donde lo íntimo y lo social se confunden.

La dirección de Isabel Martín Conde es uno de los pilares del montaje. Su trabajo destaca por la contención y la precisión. Con apenas tres sillas —extraordinaria la tensión que genera mientras evoca el juego de la silla—, una mesa, una botella de ron —muy apetecible— y unos libros de arte, construye un espacio en constante tensión, donde cada movimiento altera el equilibrio entre los personajes. Hay algo de juego, pero también de amenaza: nadie termina de encontrar su lugar. Los silencios, las pausas y las miradas están medidos y sostienen una atmósfera en la que el conflicto nunca se resuelve del todo, solo cambia de forma.

A esa tensión se suma una sensación de encierro que recorre toda la obra. Los personajes permanecen en el espacio sin una razón clara para hacerlo, pero tampoco parece posible abandonarlo. No es un encierro físico, sino algo más difícil de precisar: están atrapados en sus propios discursos, en sus posiciones, en una manera de enfrentarse al otro que no admite salida. Esa imposibilidad de romper la situación convierte la escena en un lugar incómodo, donde las relaciones se tensan hasta el límite, incapaces de ocultar bajo la alfombra la mugre personal que arrastran.

El tono oscila entre el humor y la incomodidad. Hay momentos en los que la risa aparece con facilidad, pero no es una risa liberadora. Surge del reconocimiento, de ver en escena actitudes cercanas, reacciones que forman parte de lo cotidiano. Esa cercanía hace que el humor no suavice el conflicto, sino que lo subraye. Bajo esa superficie emerge el peso del pasado, las frustraciones y la necesidad de sostener una imagen que, poco a poco, se descompone.

Que la acción sea ubicada en Villaverde aporta una lectura concreta, reconocible. Sin necesidad de subrayados, se perciben diferencias, aspiraciones distintas, maneras de entender la educación que no siempre coinciden. Todo aparece en los detalles, en los matices, y refuerza la sensación de estar ante una situación cercana. Más allá de su eficacia como pieza teatral, Indómitos tiene la capacidad de interpelar de forma directa. Padres, madres y docentes pueden reconocerse en lo que ocurre sobre el escenario. La obra no ofrece soluciones ni pretende cerrar el conflicto, pero sí obliga a mirarlo de frente.

En un momento en el que las tensiones en el ámbito escolar son cada vez más visibles, esa mirada resulta necesaria. La propuesta —cabe destacarlo— introduce además una estructura cercana a lo operístico, con dos repartos completamente distintos. Ambas versiones brillan, algo poco habitual. El resultado es un montaje sólido, bien medido, que confirma el acierto de la programación de Escena 17. Indómitos funciona como un espejo incómodo, de los que no tranquilizan. Precisamente por eso merece la pena. Es una obra que debería ver cualquiera que tenga cerca a jóvenes en edad escolar, pero también cualquiera interesado en entender cómo se construyen —y se deterioran— las relaciones.

Foto: Miguel Labrador

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IVÁN CERDÁN BERMÚDEZ
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