Accedí al espectáculo casi por casualidad, puesto que el mismo día vi un cartel en el que lo anunciaban. Se trataba de un show de magia que tenía lugar en un centro cultural próximo a mi casa, lo que me motivó a asistir. Acudí con tiempo de margen para posicionarme bien en la sala puesto que los asientos no eran numerados.
Después de una breve presentación por parte de la directora del centro, dio comienzo el show. La protagonista era una mujer rubia en torno a los 40 años. Inició el espectáculo realizando trucos muy básicos con cartas, cuerdas y monedas; muchos de ellos ya los había observado yo en múltiples ocasiones, solo que con otra serie de variantes. Llegada la mitad del espectáculo, realizó una serie de ejercicios de mentalismo, para lo cual requirió la colaboración del público. Aquí la cosa ya fue más sofisticada que en los trucos iniciales debido a que adivinó una serie de palabras escritas por los colaboradores además de algunos pensamientos futuros, obviamente todo inducido subliminalmente por ella.
Después de una leve ovación comenzó a hablar sobre su gran pasión dentro de la magia, que era el escapismo. Hizo un pequeño recorrido oral muy ameno de los más grandes escapistas de la historia: mencionó a John Neville Maskelyne, Allan Allan y, como no podía ser de otra manera, acabó con Houdini. Se tomó una pausa en la que con gran metodicidad preparó el final del espectáculo, el cual debido a las referencias hechas todos sabíamos que se trataría de un truco de escapismo. Con la ayuda de trabajadores del centro trajo al escenario un armario con ruedas, en cuyo interior había un depósito lleno de agua. Los mismos trabajadores le colocaron una camisa de fuerza apretando las correas a su cuerpo. A continuación, ayudándose de una polea que colgaba del techo y que era accionada por un pequeño motor eléctrico, se elevó hasta introducirse dentro. Los empleados sellaron con cadenas el armario y colocaron la polea en una argolla metálica en lo alto del mismo. Casi sin solución de continuidad la polea subió el armario y a Micaela con ella. Se hizo un silencio sepulcral que duró unos cuantos minutos hasta que se abrió una trampilla y toda el agua se desparramó por el escenario. Los empleados quitaron las cadenas y abrieron el armario: allí ya no había nadie, Micaela había desaparecido.
El público, y yo el primero, irrumpió en un estruendoso aplauso de admiración. La ovación seguía, pero Micaela no aparecía. Pasó el tiempo y siguió sin aparecer; después de cerca de 20 minutos de incertidumbre apareció la directora del centro cultural en el escenario diciendo que no sabían dónde estaba Micaela… Ahí terminó el espectáculo.
Sorprendido por su último truco recabé información acerca de ella, puesto que quería saber algo más sobre su carrera artística y me apetecía volver a verla actuar. Cuál fue mi sorpresa al no encontrar información por ninguna parte: no tenía web donde publicitarse ni existía referencia alguna acerca de sus espectáculos, de modo que tuve que recurrir a la directora del centro cultural para que me diera información. Me comentó que no había vuelto a saber nada más sobre Micaela y que fue ella misma quien vino a recomendarse para actuar ofreciéndose de forma altruista sin cobrar nada. Lo que sí conseguí fue su nombre completo.
Por medio de diversas pesquisas quedé sorprendido con lo que encontré: estaba casada y tenía una niña pequeña, pero desde el espectáculo que presencié su marido y su hija no sabían nada de ella; había desaparecido, estaban desolados. Ante la extrañeza del caso profundicé en mi particular investigación descubriendo que en Méjico se había dado el mismo suceso haría cuestión de diez años, y curiosamente la maga desaparecida respondía no solo al nombre de Micaela, sino que desapareció en un espectáculo similar del escenario y de Méjico, dejando en aquella ocasión igualmente marido y un hijo en lugar de una hija como aquí. Su espectáculo iba más allá de lo artístico: abandonaba una vida para iniciar otra nueva.




