A los que nos tropezamos en nuestros años escolares con algún clérigo farandulero nos gusta cerrar los ojos e imaginar escenas bíblicas o recordar obras de arte inspiradas en ellas: la épica decapitación de Holofernes por Judit, las locas correrías de la hermosa morena del Cantar de los cantares o los trágicos instantes de la agonía de un Cristo que regurgita sangre y palabras de perdón para el pueblo que lo crucifica.
Entre las virtuales representaciones mentales de las sagradas escrituras, siempre me pareció particularmente dramática la caída del caballo de San Pablo, quizá por la voz cavernosa con la que el hermano Félix, cómico frustrado, imitaba la que hubo de escuchar en medio de las sombras de su fugaz ceguera el aterrorizado judío romano de Tarso: “Saulo, Saulo, ¿por qué me persigues?”. Poco me importa que el texto sagrado no explicite la caída de bestia alguna, que S. Agustín la niegue, que en el arte bizantino nunca se represente el caballo o que su origen sea luterano. Para mí San Pablo se cayó de un caballo y no habrá manera, mientras viva, de apearme de la burra.
Poco a poco fui conociendo cuadros con el tema como el de Murillo del Museo del Prado o el de Caravaggio de la iglesia romana de Santa María del Popolo, en cuya Capilla Cesari me gusta imaginar a Francisco de Quevedo contemplándolo extasiado en compañía de alguna atractiva dama romana, a la que termina olvidando y pidiendo que se marche para sumirse en el envolvente misterio de la pintura y dejarse arrebatar por una llamada divina que, a pesar de todo, se resiste a escuchar: “Llámasme, gran Señor; nunca respondo. / Sin duda mi respuesta solo aguardas, / pues tanto mi remedio solicitas.” Al patizambo don Francisco lo seguían siempre un coro de ángeles y una tropa de diablos, por lo que tan pronto se iba tras las caderas de una buena moza o hacía parada larga en las tabernas para disfrutar de la mesa y la chocarrería como se sumía en contemplaciones ascéticas de comulgatorio, tras nutrirse con el pan divino y la palabra iluminada de algún predicador.
Fue escritor dos veces escatológico, pues en su obra se ocupó de las dos escatologías: la de lo excrementicio y la de lo de ultratumba. Efectivamente, se atrevió a meditar sobre las gracias y desgracias del ojo del culo, lo mismo que sobre la cuna y la sepultura. Biografiaba con gracejo al sátrapa del Buscón y con gravedad a San Pablo. La biografía de este último, titulada La caída para levantarse. El ciego para dar vista, el montante de la Iglesia en la vida de San Pablo Apóstol, es quizá uno de sus libros menos leído y más completo. Escrito durante su prisión en San Marcos de León, fue publicado un año antes de su muerte. Quevedo va más allá de una biografía apologética y doctrinal o de un libro piadoso que sumar a las obras de martirología. Pone los ojos en San Pablo para efectuar una reflexión moral con la que denunciar la amoralidad de la Corte de Felipe IV. En el fondo, va desgranando sutiles referencias a su propia situación de difamado, de defensor de la verdad, de denunciante molesto y de justo maltratado, que afirma que “El Apóstol nos enseña que para entrar en la cárcel no es menester culpa, y para salir no basta el no tenerla.”
Con la sinceridad y la libertad de quien escribe para conocerse a sí mismo entre la soledad y el dolor de las heridas cauterizadas, Quevedo se lamenta por lo poco propicia que es la atención humana hacia los que padecen, denuncia el escaso seguimiento de los mandatos evangélicos de muchos religiosos o desenmascara los peligros de la tiranía.
Releer esta obra en una antigua y completa edición italiana de Valentina Nider (Pisa, Giardini, 1994) ha sido un gozo estético e intelectual, como lo es siempre leer a Quevedo. Ningún lector interesado por nuestra literatura clásica debería privarse de su disfrute, como tampoco debería privarse de otras poco conocidas, como su vida de Santo Tomás de Villanueva, La constancia y paciencia del santo Job, o Virtud militante. La mayoría de la gente ignora que en Quevedo hay un moralista y un filósofo, al que deberíamos tener más en cuenta. Es don Francisco capaz de confesarse “esclavo y prisionero del mal, a quien me entregué en mi propio albedrío” o de sentirse un elegido que debe sufrir por dar testimonio de la verdad: “No te prueba Dios con las adversidades para saber lo que en ti tiene, que siempre lo supo, sino para que otros sepan lo que tiene en ti, y para lo que te tiene. Esle agradable que venzan los suyos.”




