Con el paso del tiempo he ido adquiriendo nuevas aficiones a la vez que perdiendo otras. Entre las primeras destaco por encima de todas la música clásica: yo, que siempre fui un rockero indomable en cuanto a mis gustos musicales, nada me hacía pensar que 40 años después acabaría disfrutando como nadie escuchando a Mozart, Beethoven, Händel, Tchaikovski, Mendelssohn, Wagner, Chopin, Verdi o Bach, entre otros.
Hecha esta introducción, entraré en materia, porque el motivo de este artículo no es solo resaltar mis nuevos gustos musicales, sino a lo que éstos me llevaron hace un tiempo. Todo comenzó en un concierto al que asistí en el Auditorio Nacional. Estaba en un repertorio para piano de Tchaikovski cuando alcé la vista y comprobé como una mujer se levantó permaneciendo en pie hasta poco antes de que acabase el último movimiento del scherzo, concretamente un allegro danzante, que es una pieza rápida. Siguió el concierto y se volvió a repetir la misma situación, pero en este caso fue un hombre el que se levantó en el tercer anfiteatro. Calcó el gesto de la mujer: estuvo el mismo tiempo en pie, sentándose justo cuando acabó el concierto, momento en el que el público rompió a aplaudir en masa perdiéndose el foco de esta última persona entre la multitud.
Me olvidé del tema, pero no por mucho tiempo, puesto que días después asistí a otro concierto en la Escuela Superior de Música Reina Sofía, donde se volvió a repetir el gesto. También me pareció que habían sido personas diferentes a las del Auditorio Nacional, solo que mientras en el primer concierto ambos iban de blanco, aquí los dos vestían con prendas rojas. Desconcertado e intrigado por el hecho acontecido, me dirigí a la sala de espera, donde aguardé hasta que por fin vi salir a las dos personas, que salieron por separado. Sin saber muy bien por qué, les seguí en la distancia; al poco tiempo se reunieron con otras personas y desaparecieron calle abajo.
Una cosa tan insustancial como ésta me creó cierta inquietud, la cual se avivó de forma insistente cuando volví a presenciar la escena semanas después en el Centro Cultural Sanchinarro en un concierto de Vivaldi. En la sombra fui testigo de sus fechorías: no se limitaban a llevar a cabo ese comportamiento tan pueril solo en Madrid, sino que les vi realizarlo en diferentes sitios tales como el Palau de la Música Catalana, el Auditorio Kursaal de San Sebastián, el Teatro Central de Sevilla, el Teatro Principal de Palencia o el Teatro Circo Marte Santa Cruz en la isla de La Palma. Siempre seguían el mismo ritual: después de hacerse notar se reunían al final del concierto y dialogaban a la salida, permanecían en los alrededores durante un periodo en torno a la media hora charlando; no distendidamente, sino que en ocasiones me pareció que de forma metódica e incluso tensa. En La Palma fui descubierto por ellos, ya que aunque tomaba mis precauciones mi presencia no pasó desapercibida a sus ojos. Con amabilidad les pregunté cuáles eran los motivos de sus reuniones y el fin de las mismas, así como qué sentido tenían sus liturgias dentro de los conciertos levantándose dos veces durante los mismos y en cada ocasión haciéndolo personas diferentes del grupo. Mientras esperaba la respuesta, alguien me agarró por detrás con violencia del cuello. Poco a poco fui perdiendo el resuello mientras contemplaba cómo me miraban hasta que por fin perdí el conocimiento, despertando horas más tarde en un callejón de Trazacorte.
Desde entonces no he sabido más del extraño grupo. Lo denuncié a la Policía, pero ante mis escasos argumentos poco menos que me invitaron a volver a mi casa para relajarme: nada podían hacer ante un móvil tan pobre. Pasé un tiempo frenético intentando localizarles en los lugares donde les había visto antes, pero todo resultó inútil, nada más supe de ellos, por lo cual simplemente puedo relatar los hechos acaecidos pero no el porqué de los mismos.




