Hubo un tiempo —no tan lejano— en el que ir al fútbol era un ritual. En mi caso empezaba mucho antes de llegar al estadio. Iba con mi padre y su tío Mario. Era importante llegar al himno. No al saque inicial: al himno. Ese momento marcaba la frontera entre estar dentro o fuera del partido.
El domingo por la tarde tenía una liturgia propia: la radio encendida en casa, la previa, el bocadillo envuelto en papel de plata y el estadio como lugar de encuentro de vecinos, padres, hijos, jubilados y chavales. El fútbol no era una experiencia diseñada: era una costumbre heredada. Hoy, en cambio, ir al campo empieza a parecerse más a visitar un parque temático que a asistir a un acontecimiento deportivo.
Los horarios son el primer síntoma de esta mutación. Partidos a las dos de la tarde, en pleno horario de comida familiar. Encuentros los lunes a las nueve de la noche, cuando al día siguiente hay que madrugar y los niños deberían estar ya en la cama. Se habla mucho de conciliación laboral, pero nadie parece pensar en la conciliación familiar del aficionado. Ir al fútbol se ha convertido en una pequeña carrera de obstáculos: prisas, cenas adelantadas, deberes a medio hacer, sueño robado al día siguiente.
La lógica del espectador de siempre ha desaparecido del mapa. Ya no se piensa en el que trabaja, en el que viaja desde otra ciudad, en el que va con su hijo pequeño y quiere explicarle por qué ese escudo importa. Se piensa en la parrilla televisiva, en el mercado asiático, en el turista que pasa tres días en Madrid o Barcelona y quiere “vivir la experiencia fútbol” como quien va a un musical. Eso es lo que se vende ahora: una experiencia. No un partido, no una pasión, no una pertenencia. El estadio como decorado. El aficionado como figurante.
Basta con mirar alrededor para entenderlo. Gradas llenas de camisetas recién compradas, muchas tres tallas más pequeñas, como si la identidad futbolística fuera una prenda que hay que exhibir con esfuerzo. Bufandas impolutas, móviles en alto durante el himno. Todo parece un desfile de disfraces. El problema es cuando la estética sustituye a la pertenencia, cuando la pose desplaza a la costumbre.
Mientras tanto, sigo añorando aquellos partidos de Tercera, el caldito hirviendo en el descanso, los campos de fútbol de tierra, las líneas mal pintadas, el balón que botaba mal. Allí no había palcos ni experiencias prémium. Había fútbol. Hoy proliferan espacios donde importa más la consumición que el partido: palcos en los que se charla de negocios mientras el balón rueda como ruido de fondo.
El aficionado de siempre se va —lo van— retirando en silencio. El que iba lloviera o nevara. El que se sabía la alineación de memoria. Ese espectador no interesa demasiado: no compra paquetes turísticos ni genera contenido. Estorba, porque recuerda que el fútbol no nació como producto global, sino como rito local.
En este proceso, el nombre de Tebas aparece inevitablemente. Simboliza una forma de entender el fútbol: la de la liga como empresa, el aficionado como cliente y el estadio como escaparate. Un modelo convencido de que el futuro pasa por expulsar lentamente a quienes lo sostuvieron durante décadas. La pregunta no es si el fútbol debe modernizarse —eso es inevitable—, sino a qué precio. ¿Tiene sentido ganar turistas si pierdes hinchas?
El fútbol siempre fue ruido, discusión, bufanda heredada, asiento incómodo y bocadillo frío. Era imperfecto, pero real. Hoy corre el riesgo de convertirse en un espectáculo pulcro, caro y profundamente ajeno.
Quizá dentro de unos años los estadios estén siempre llenos. Pero tal vez ya no estén vivos. Y entonces habremos ganado un negocio brillante a costa de perder algo que no se puede recomprar: la sensación de que ese equipo, ese campo y ese partido también eran un poco nuestros.




