El atrio en las iglesias es el espacio que hay antes de entrar al recinto sagrado, lugar de espera o de tránsito entre lo mundano y lo espiritual, de asilo, donde, además de catequizar los clérigos al ignorante pueblo, éste celebraba reuniones comunitarias y se divertía con las representaciones teatrales que habían sido prohibidas dentro de los templos por irreverentes. Baste recordar la constatación en las Partidas de Alfonso X: “Los clérigos (…) nin deben ser fazedores de juegos de escarnio (…) porque fazen muchas villanías y desaposturas, nin deben otrosi estas cosas fazer en las eglesias: antes decimos que les deben echar dellas desonrradamente a los que lo fizieren; ca la Eglesia de Dios es fecha para orar, e non para fazer escarnios en ella”.
Quizá por todo lo señalado, El Atrio se llama el espacio de creación teatral en Villaverde de la asociación homónima de la calle Villapalacios, 16. ¡Curiosa coincidencia que el nombre de la calle evoque la villa manchega del Mirador de la Glorieta, “balcón de la Mancha y puerta de Andalucía”, ya que la asociación, como mucho vecindario villaverdense, procede de la migración andaluza y está vinculada a la compañía teatral La Zaranda, en sus inicios “teatro inestable de Andalucía la Baja”, a la que Andalucía dio de baja (Eusebio Calonge, dramaturgo del grupo dixit), pero desde hace ya unos cuantos años “teatro inestable de ninguna parte”. Lo cual, por obra y gracias de las musas desguazadas y desguazadoras de los zarandeados cómicos de la legua, que arrastran por todas las Españas y parte del extranjero tanto sus tinglados como sus lenguas borrachas de vinagre de Jerez y quebradas de poner sus gritos en el cielo.
Se concibe El Atrio como mirador abierto al barrio, desde el que vislumbrar, aprender y experimentar acciones litúrgicas de arte escénico devoto del teatro sagrado de Artaud, del despojamiento de Peter Brook, del esperpento valleinclanesco, de la lírica lorquiana, del paqueo (de Paco de la Zaranda), o de ninguno y de todos a la vez. ¡O no…!
No solo comparten con profesionales de las artes escénicas (actores, directores, dramaturgos) cursos y seminarios para armar sueños, sino que también abren sus puertas anchas y estrechas a compañías para que experimenten en residencias artísticas con sus propios mariameneos de teatro, danza, circo, música, performance… a quienes se quieran iniciar en el oficio teatral, y a cualesquiera futuros difuntos. No faltan actividades dirigidas a éstos, algunas gratuitas como el reciente taller En lo más crudo del crudo invierno: Shakespeare, lectura y cine, impartido por el colaborador de este periódico Iván Cerdán Bermúdez, amén de presentaciones de libros o exposiciones.
Aunque nadie lo quiere creer, las gentes de La Zaranda, alma mater de El Atrio, vienen riéndose los últimos y pidiendo perdón por las tristezas desde hace ya 38 años con 19 espectáculos, que han servido de criba y peonza a todo tipo de seres malditos, ausentes, desesperados, perdedores, torturados, indigentes, desagarrados, convencidos como Armand Gatti de que la palabra es el arma de los pobres y la única manera de cambiar el mundo. Ello a pesar de que fueran crucificados en 2010 con el Premio Nacional de Teatro. Nada ni nadie detiene la deslumbrante pirotecnia renegrida de su teatro jondo. Para muestra, ahí queda su último espectáculo, Todos los ángeles alzaron el vuelo, donde en un intenso cuerpo a cuerpo ponen en pie, en la tumba y en el subcielo a una tropa de personajes desgarrados: un ex-presidiario, dos prostitutas yonquis, un chuloputas traficante y un iluminado Caronte sin techo. Vuelo de ángeles replicantes del ángel de la historia de Walter Benjamin, quien solo ve una única catástrofe que acumula escombros y se los vuelca a los pies, incapaz de resistirse al vendaval (lo llamamos progreso) que lo empuja hacia un cielo de ruinas.
















