• Día 1
Me dicen que es mejor estar aburrido que muerto. Parezco dudarlo y no doy respuesta. No puedo hacer deporte ni puedo hacer casi nada. El día tiene una velocidad distinta, inhóspita.
• Día 2
Contemplo las rutinas ajenas y veo que hay demasiados hábitos que se repiten, uno de ellos el comprobar que algunos vecinos visitan pisos que no son suyos. Por el patio se escuchan risas donde ayer eran lágrimas.
• Día 3
El aburrimiento es demencialmente divertido. Suceden tantos acontecimientos en las horas robadas a la rutina que esto es un no parar. No sé si soy James Stewart en La ventana indiscreta o alguien que no sabe lo que va a suceder a partir de este momento. Hoy más pruebas médicas. Es horrible que sean por las mañanas porque me pierdo las rutinas ajenas y prohibidas.
• Día 4
Decido romper un proyecto que iba a iniciar y comenzar otro que siempre anhelé pero que jamás pensé que me atrevería. Releo el texto de Crash y cada vez me gusta más. No reprimo mi impulso y hablo con mi colaborador más fiel e imaginamos ciertas escenas. ¿Y qué importa si salen escandalizados? Tengo que cortar la conversación con él porque veo que doña Águeda va a la casa de don Andrés. El marido de Águeda está en el centro de día, ¿don Andrés está casado?
• Día 5
Hoy nadie se mueve, claro, es sábado. Regresa la rutina de un quehacer que no tiene mucha lógica. Leo y escribo artículos sobre libros y películas. Al menos algo es algo.
El aburrimiento tiene muchas fases pero son las noches en las que uno se vuelve peligroso. ¿Por qué vienen determinados pensamientos? Si no duermo, todo es peor, aunque tampoco tenga claro peor que qué.
• Día 6
Olvido cosas, nombres, acciones y propósitos. Águeda está inquieta. Su marido se ha quedado debajo del portal hablando con otros y han comprado unas latas. Don Andrés, bastón incluido, hace tiempo en el CEPA de al lado. Mira el reloj y hace ademán de irse. Luego se une a los contertulios y les escucho reír. Águeda ha tirado agua por el balcón. Todos se han reído, pero ella no.
• Día 7
Leo compulsivamente mientras escucho conversaciones ajenas que, por lo general, me interesan mucho más que los libros. También he visto películas nuevas muy laureadas y vuelvo a constatar que pertenezco a otro mundo o a otro tiempo porque todo está mal hecho y no creo que sea solo una percepción mía.
Empiezo a reconocer pasos. Hay vecinos que suben arrastrando los pies y otros que quieren aparentar una juventud imposible. Una mujer del tercero habla sola. O quizá por teléfono. Nunca logro verlo.
• Día 8
El aburrimiento no es nada aburrido. Es tan divertido que me da por pensar en Hanif Kureishi y leo A pedazos. Me adentro en escritores con desgracias y a todos les entiendo y me identifico. Pessoa aparece también y vuelvo a Mario de Sa-Carneiro y a un ensayo titulado El tiempo vivido, sin su fluir de Denise Riley.
Procuro no coger el teléfono más que a números spam. Pienso que de ese modo se les pasará la jornada más rápido. Escucho todo tipo de ofertas y ninguna me interesa, pero el tiempo corre sin piedad y ellos actúan con sus rituales.
Número conocido, cuelgo.
¿Qué sentido tiene hablar sobre mi estado? Me identifico con el autorretrato de Spilliaert, sí, ahora más.
• Día 9
Todo va bien en esas rutinas de encuentros. Mientras, planifico lo que quizá haga o no, porque soy consciente de que los proyectos que nacen mediante impulsos pueden tener una caducidad rápida. Son como los enamoramientos efímeros, sirven para engañarnos, aunque nos hagan sentir vivos.
Algo sucede. El marido de Águeda se ha marchado antes de tiempo y está regresando con premura y decidido. ¿Le han dicho algo?
No tengo el teléfono de Águeda y algo tengo que hacer. Mi capacidad de movimiento es muy reducida, pero tengo que impedir que llegue y les pille.
Águeda todavía no ha bajado la persiana y le hago señas. No me ve. Se acerca el marido. Le grito por la ventana, no me escucha. Bajo.
Continuará o no.



