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Corregir sin humillar

Siempre hay que repetir: RESPETO. Como profesora que he sido, me gusta que quede claro lo que pretendo exponer, y la repetición es una constante en muchos de mis escritos. Pido perdón si alguien se siente dañado de alguna manera.

Ironías aparte, en esta ocasión quiero hablar de dos temas, y espero no repetirme. El primero y más importante se trata de corregir sin humillar. Eso es de primero de Magisterio. En las dos últimas situaciones en que me han tratado de humillar (porque no humilla el que quiere hacerlo: depende de cómo lo reciba el que se supone humillado), yo (que si ya me han calado un poco, intento aprender de lo que me sucede y, sobre todo, analizo el comportamiento humano) comienzo a diseccionar la personalidad del sujeto agresivo.

Por supuesto, la humillación o su intento es un acto de violencia hacia la otra persona. Y como cualquier violencia, tiene una lectura de miedo, poca autoestima o ego desmedido del agresor. En algunas ocasiones primero me da la risa y luego siento lástima. Pero mi ventaja es que ya sé de qué pie cojea el que humilla.

La crítica constructiva, la corrección con educación y respeto, son otra cosa. Y ayudan a avanzar y a aprender.

Y por ello paso al segundo tema del artículo: las dos últimas novelas que llegaron a mis manos. La impresión mía como lectora no ha sido buena. No me gustaron y lo argumento. La primera de ellas, inclasificable para mi gusto, adolece de falta de vocabulario, de escasas expresiones y recursos literarios y de un argumento flojo (casi nulo). La segunda novela, justo lo contrario: exceso de vocabulario (hay que estar consultando el diccionario constantemente), muchísima metáfora y un argumento demasiado manido. La incluyen dentro del realismo mágico, expresión que ya en sí misma está entre un oxímoron y una antítesis. Y en esto del realismo mágico, después de García Márquez o Isabel Allende, el listón está muy alto según mi parecer.

Creo que en la literatura, como en la vida, me gustan las zonas intermedias, no los extremos, no los excesos. Las metáforas, por supuesto, caben en una buena prosa, pero no me apetecen todo el rato (otra cosa es en la poesía). Sí, sé que existe la prosa poética. Tampoco me entusiasman las descripciones largas y constantes. Y, por último, me gusta leer algo que me haga cuestionarme y reflexionar. La realidad ya tiene su propia magia, solo hay que “rascar”. Vuelvo a pedir disculpas, es mi humilde opinión. Comprendo que a muchos lectores les habrán gustado, porque llevan varias ediciones.

Siempre, en cualquier tema del que se hable, habrá opiniones distintas. Cada persona enfoca la vida desde su propia perspectiva, desde su experiencia. Por eso no es lógico sentenciar, y menos aún humillar a quien no opina igual. Nadie tiene la verdad absoluta. Cada persona es un universo. Eso es riqueza.

Últimamente han llegado a mí por varias vías noticias de Ana de Almendral, de novicia Ana de San Bartolomé. Una gran religiosa y escritora que apenas es conocida, ni siquiera entre el clero actual. Mujer interesante donde las haya, fue enfermera y secretaria de santa Teresa de Jesús. Pero siempre permaneció en un segundo plano, carmelita valiosa y humilde, quien se acerque a su figura descubrirá un ejemplo de entrega sin hacer ruido, sin dárselas de nada. Murió fuera de España y, como muchos otros grandes personajes, no fue profeta en su tierra. Su poesía hermosa y profunda y sus escritos dan idea de una literatura con alma. Pero estar cerca de santa Teresa pudo eclipsar su figura e imagino que ella también se “ladeó” para no figurar, dada su fidelidad.

Una cuestión que siempre me planteo es que no están todos los que son y no son todos los que están. Es un misterio por qué suenan algunos que no brillan, habiendo quien brilla y no suena; el destino o la injusticia social, que de todo hay.

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MARIA ANTONIA PEREZ GARCIA
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