Casarse, de por sí, ya es toda una aventura a cualquier edad. Imagínate pasados los 60: es como cruzar el Amazonas sin llevar un machete. Lo primero es encontrar un vestido en el que no parezcas una cebolla con tela ni un pellejo deshilachado. Después, soportar la cara de escándalo que pone la gente cuando se enteran de que eres tú quien se casa. Luego, intentar deleitar a los invitados con un menú blandito, porque con los dientes postizos no se puede jugar, no sea que muerdas mal y acabe la prótesis envuelta entre langostinos y bueyes de mar.
Y, por último, elegir una luna de miel sin pasarnos de innovadores, no vaya a ser que acabemos en urgencias por agotamiento y sobreesfuerzo físico. Cierto es que no estamos para hacer virguerías ese día, ni tampoco ningún otro, pero… por si vale de algo, nos casamos con más ilusión que cualquier joven que lo intente. Llevamos todos los deberes hechos: convivencia más que explorada, hijas más que criadas e independizadas, y aportamos hasta nietos que nos llevarán las arras. Todo ello con una solvencia económica demostrable.
Así que, con estas pesquisas, esperamos cualquier incidente en nuestro gran día. Aunque, dicho sea de paso, confiamos plenamente en que, pase lo que pase, no puede haber nada tan terrible como para anular un enlace matrimonial esperado con tantas ganas que hasta nos salieron canas.
Como consejo os diré: si alguna vez decidís casaros, os recomiendo no dejarlo tanto, que luego, por un descuido, te encuentras como yo: con sesenta y tantos, con muchas ganas de juerga, pero con las articulaciones deshechas.




