Ecce homo (“Aquí está el hombre”). Así se titula el último cuadro de Caravaggio descubierto, que se exhibe en el Museo del Prado. Capta el momento en el que Poncio Pilato presenta a Jesús al pueblo —ausente, porque somos nosotros—, para que decida si lo indulta o lo condena. Ese hombre es más que Cristo, y la evocación del pasaje evangélico solo un apoyo. Caravaggio nos obliga a contemplar el sufrimiento resignado de un inocente torturado al que se va a asesinar para que asumamos que formamos parte de la masa que lo condena, sin necesidad de gritar: “¡Crucifícalo, crucifícalo!”. Bastan nuestra impasibilidad, indiferencia, impotencia, inactividad o rabia silenciosa. No importa lo que pinta, sino el efecto que produce. Y este cuadro nos deja molestos. Ecce homo. No solo víctima, sino victimario, pues lo acompañan Pilato, que se sale del cuadro para manipularnos, exigirnos que nos pronunciemos y lo exoneremos de toda culpa, y un joven sayón, perplejo y arrepentido, que lo cubre con una túnica, más para arroparlo que para escarnecerlo, aunque su acción complete la humillación de proclamarlo rey de los judíos con corona de espinas y caña como cetro.
Enfrente del Ecce homo, otra pintura del italiano, David vencedor de Goliat, impugna la inacción ante la tiranía. David, tras derribar al gigante Goliat con su honda, le ha cortado la boquiabierta cabeza agonizante con su propia espada (repárese en el hecho: su propia arma) y, a horcajadas sobre su cuerpo, la agarra por los pelos y la ata con una cuerda. Supone el triunfo del humilde, del débil, del racional, sobre el poderoso, el fuerte, el insensato. Se puede vencer a los tiranos si se confía en conseguirlo, se mantiene la lucha y se atina con el golpe. No se necesitan grandes artefactos: bastan una honda y unas piedrecillas. Ni siquiera la herida sobre la cabeza cercenada es espectacular: apenas unas gotitas de sangre. El vencedor, arrodillado de perfil sobre el gigante en escorzo, no muestra alegría u odio, ni celebra su acción. Condescendiente, acepta su condición de mano justiciera de una causa justa.
Otra cabeza decapitada aparece en el Caravaggio de la Galería de las Colecciones Reales, Salomé con la cabeza del Bautista. A pesar de enmarcar la escena la bandeja con la cabeza decapitada, el protagonismo lo asumen la belleza y la brutalidad de la joven. Ricamente ataviada y con amplio escote, que deja entrever el arranque de su pecho izquierdo, nos mira con satisfacción mientras aleja de sí la bandeja, que nos ofrece con indolente serenidad. Nos mete en el cuadro desde fuera de él y nos incomoda con el rostro de una vieja decrépita que sale de su cuello como si también le perteneciera y la presencia del joven verdugo medio girado y con semblante compasivo. A la izquierda, un enigmático espacio oscuro anuncia el abismo de la maldad humana, porque eso es lo que pinta. Lo de menos, la cabeza del decapitado. Si cortamos la luz de la razón, de la inteligencia, de la verdad, habitaremos en las tinieblas. ¿No nos deslumbra más la cálida y perversa luz de Salomé que la penumbrosa e incorruptible del Bautista?
Mención aparte merece la Santa Catalina de Alejandría del Museo Thyssen, que más representa a una hermosa joven que a una santa degollada. No le interesa a Caravaggio lo truculento de su historia, a pesar de pintar la rueda con la que intentaran matarla y la espada con la que la mataron, sino su intrigante mirada introspectiva y la luz que ilumina su belleza, símbolo de su inteligencia y del martirio por sus ideas. Los bienaventurados son “luz del mundo” para san Mateo. Sabido es que la modelo fue la cortesana Fillide Melandroni, con 17 o 18 años por entonces, a quien, a su muerte a los 37, negaron sepultura en sagrado. La Iglesia olvida que su Cristo dijo aquello de “Yo no he venido a llamar a justos, sino a pecadores”. Quizá por eso Caravaggio gustaba elegir como modelos para sus cuadros a seres miserables. Al fin y al cabo, él pertenecía a su estirpe. No olvidemos que mató a un hombre y sobre su vida pesó siempre una condena a muerte por decapitación, razón por la que se autorretrata en las cabezas de Goliat y del Bautista. Como Giordano Bruno, quemado por hereje, entendía que los seres humanos solo podemos acercarnos desde las sombras del mundo a la divinidad, que es tanto como decir a la grandeza de lo inalcanzable, todo luz. ¿De ahí su maestría con el claroscuro? Ecce Caravaggio.





